La historia de la impermeabilización comienza en la antigüedad, cuando civilizaciones como los egipcios y mesopotámicos usaban materiales naturales como betún para proteger sus construcciones de la humedad. Los romanos perfeccionaron estas técnicas, utilizando mortero hidráulico en acueductos y cisternas para evitar filtraciones.
Durante la Edad Media, las estructuras se protegían principalmente con piedra y ladrillo, mientras que en el Renacimiento se mejoraron las técnicas para obras de agua. Con la Revolución Industrial en el siglo XIX, el uso de materiales como asfalto y betún industrial revolucionó la impermeabilización, aplicándose en techos y carreteras.
En el siglo XX, surgieron materiales más avanzados como membranas líquidas y polímeros sintéticos, que mejoraron la eficiencia de las soluciones impermeabilizantes. Hoy, en el siglo XXI, se priorizan soluciones sostenibles y tecnológicamente avanzadas, como los recubrimientos ecológicos y las membranas autoadhesivas, para proteger construcciones de forma más eficiente y respetuosa con el medio ambiente.
Consiste en aplicar una capa líquida sobre la superficie a proteger, que al secarse forma una membrana continua y flexible. Es ideal para techos, terrazas y paredes con detalles complejos o superficies irregulares. Se utiliza principalmente para prevención de filtraciones en áreas expuestas a la intemperie.
Se usan membranas de asfalto modificado que se aplican por fusión o mediante adhesivos especiales sobre superficies horizontales o verticales. Este tipo de impermeabilización es muy resistente y se usa en techos, sótanos y cimientos, siendo especialmente eficaz para proteger de la humedad del suelo y las filtraciones de agua.
Utiliza polímeros sintéticos como PVC, TPO o EPDM, que se aplican en forma de láminas o membranas. Estas son ideales para techos industriales, piscinas y zonas con alta exposición a la humedad. Son altamente resistentes a las temperaturas extremas y a la acción del agua.